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ISBN 978-958-8718-27-9

Sentimientos tejidos desde la oscuridad del vientre de mi madre

Autor:Mercado Epieyu, Rafael Segundo
Editorial:Casa Editorial Antillas Ltda.
Materia:861CO - Poesía colombiana
Clasificación Thema::DC - Poesía
Público objetivo:General / adultos
Colección:Julio Flórez
Publicado:2013-09-04
Número de edición:1
Número de páginas:58
Tamaño:23x16,5cm.
Precio:$20.000
Encuadernación:Tapa blanda o bolsillo
Soporte:Impreso
Idioma:Español / Castellano

Reseña

Desde los Grandes Lagos del Norte y a través de las palabras de Rafael Mercado Epieyu, miro hacia la Guajira. Estoy recobrando imágenes y voces de un antiguo telar: chivos, playas desiertas, chinchorros guindados bajo el fresco de la tarde, historias y ejemplos de los pütchipü (palabreros), mochilas amarradas en la esquina de la enramada, silencios de la outsü (mujer-medicina), susurros del viejo Jepirachi anunciando con la brisa la llegada del tío Juyá, (la lluvia, “Mi terruño ancestral”), lamentos y versos del jayechimajachi (el poeta-cantor), una hilera de wom (sombrero) en una reunión de abuelos, borlas coloridas sobre las guaireñas, fronteras, misterio entre las dunas, y esas largas correrías de los y las wayuu que migran a Riohacha, Maracaibo, Barranquilla, Caracas, Bogotá, buscando nuevos caminos en la arena. A través del poemario, viajo desde territorio Attawandaron hacia el caribe interior1. Un desplazamiento precede este movimiento: el poemario mismo ha tenido que viajar del desierto –vía correo electrónico, código binario y satélite – hacia el territorio de paso del lector. El poeta advierte en las primeras páginas de su libro: “Y desde aquel instante, cuando me encontraba arropado en el fondo de la angarilla, yo fui un viajero, un caminante.” Sentimientos tejidos desde la oscuridad del vientre de mi madre es parte de ese telar heterogéneo de migraciones y retornos con el que autor@s y lector@s imaginamos hoy la literatura contemporánea del Abya-Yala (la tierra en plena madurez). Aquí, Mercado devela múltiples capas y puentes para detallar ese telar de desplazamientos espaciales y literarios: por un lado, la abuela alekerü enseñando a tejer y a trenzar el hilo que le dará vida al chinchorro (otra imagen del útero: “mujeres que han tejido el cuerpo de grandes hombres en el telar cósmico de sus vientres”), y a ese espiral tupido en el fondo de la mochila en el que reposará el saber y la riqueza: Alekerü con sus salivas sagradas y vírgenes Creó hilos centelleantes para tejer historias primigenias”. (“Alekerü”) Y por el otro lado, la misma abuela enseñando a tramar esos textiles en los que Mercado encuentra, a un mismo tiempo, la escritura del kanaspi y los signos que han ido llegando con el alijuna (el extranjero), digamos los versos de Neruda, de José Ángel Buesa o del romanticismo alemán. Telar de múltiples faces, en poemas como “Un instante de mi triste vida” o “A veces”, Sentimientos tejidos… dialoga con la introspección romántica de un sujeto poético que encuentra en la naturaleza el reflejo de su sentimiento: …mi corazón se agita con fuerza, así como las olas del mar que chocan con las piedras en la oscuridad. (“A veces”) No obstante, esa melancolía, ese dramatismo, ese desamor en “Serás tú entonces”, esa apertura hacia la noche en “La noche llega” o “Era la noche”, ese interés por la libertad en “Libertad es…”, ese cortejo constante a la majayülü (la señorita), a la amada en “Quisiera”, “Cuando miro a tus ojos” o “Amor mío”, todos sentimientos tan propios del alma romántica, son también horizontes poéticos para expresiones wayuu como el jayechi o el talirai (“A esta tierra legendaria”), para juglarescas del valle y el desierto como el vallenato, y para cosmovisiones como la de los apalaanchi (los wayuu de la costa), en donde el mar, los sueños y los espíritus de plantas y animales advierten, aconsejan e intrigan. Ante esta conjunción de tradiciones, quien no está familiarizado con la Guajira, pronto encuentra una riqueza insospechada en las descripciones y símiles de esta voz “que habla a su manera”: la belleza candente de las tunas, los trupillos germinando en los senos de arena, las olas como delfines desde la embriaguez del yotsü (ron), el estiércol del chivo sobre los hombros de las tunas… Desde estas filiaciones múltiples 2 del texto, un relato como el que abre Sentimientos tejidos… y que le da título al libro, podría ser oscuro como un poema de Georg Trakl o cifrado como un relato del abuelo Aipisü, pues en ambos el lector puede encontrar palabras que llegan desde los sueños, amaneceres que se confunden con el ocaso y trinos que son lamentos de los ancestros. Así es el libro que el lector tiene en sus manos: en él, poesía, prosa, serenata, parranda, testimonios, se trenzan en un telar que se estira hasta dónde el lector alcanza. Un salto formal llama la atención: la conciencia del poeta de estar escribiendo “prosas” - como dice en “En esta noche”. Así, Mercado ubica su propia voz en una literatura que “escribe y reescribe el habla y los sabios consejos de los abuelos” (“Oralidad y escritura”), y desde ese tránsito (en el que sobresale la necesidad de dejar claro quién es el sujeto poético y de dónde viene) y consciente de los riesgos, invita al lector hacia su propio retazo del gran telar. Así lo advierte en “Allá”, “Soy de ti” o “Te llevaré a mi Guajira”: (…) Contemplarás al mar en su formidable belleza, mirarás cómo sus olas llegan y besan a la misteriosa Jepira. Quizás Jepirachi en un atardecer susurre en tus oídos las leyendas y los mitos de los wayuu: las personas más altivas y orgullosas que jamás hayas conocido en el mundo. Quizás escucharás en las noches silenciosas y estrelladas, un Jayechi melancólico, narrando las hazañas de un guerrero o tal vez la triste historia de un wayuu enamorado. Te llevaré a mi Guajira, caminaremos por los senderos innumerables, por donde muchas veces pasaron mis abuelas en sus épocas juveniles con sus mantas exuberantes como princesas venidas de latu´u rülapü – las regiones sagradas de los sueños. (“Te llevaré a mi Guajira”) Desde la segunda persona, Mercado apela al lector y le advierte lo que habrá de ver y escuchar cuando visite Woumain. Como en otras subjetividades indígenas de la literatura contemporánea, Mercado compone a orillas de la oralidad (oralitura) y teje una poesía conversacional no sólo con el lector sino con los abuelos y la naturaleza, al punto que en poemas como “Cardón”, la intimidad del diálogo parece devenir en plegaria: Tú, vegetal originario, que surges del suelo ardiente. Tú, que diste de comer de tu carne verdosa a mis abuelos. Ahora que estoy sediento, dame de beber del agua de tu cuerpo, dame de tu valor, vegetal valiente, regálame un poco de tu sabiduría, enséñame a ser resistente para existir un poco en el tiempo. (“Cardón”) Ahora bien, hasta aquí el lector puede sospechar que esta poesía idealiza la vida en la Guajira colombo-venezolana, pero la verdad es que de cuando en cuando Mercado tuerce el tono de su prosa poética y lo mina de adjetivos terribles como en “Guajira de luto”: pavor, miedo, gritos, “bestias asesinas que descuartizan con sus garras mugrientas”. O como en “Libertad es…”, en donde los motores diésel y las máquinas acallan la voz de los abuelos en un territorio codiciado por transnacionales. O como en “Aquellos momentos maravillosos”, en donde la imagen de la abuela mendigando desfigura el idilio de la infancia y el anhelo por recobrarla. Y esta última imagen es significativa. El carácter simbólico de la mujer a lo largo del libro (como en “Esa belleza que destella”) es legado de una cultura matriarcal en la que el eilukü (el clan) es la carne de la madre, heredada en cada hombre y cada mujer wayuu. Por ello, a lo largo de todo el poemario, la mujer también es telar de múltiples asociaciones. En un verso como “Sólo mi madre sabe con certeza lo que soy”, Mercado puede estar refiriéndose a Woumain, la madre que se inunda en invierno y se resquebraja en verano, la de los trupillos, guamachos, dividivis, la morada de otro tiempo, la memoria-vientre; o a Alekerü, la abuela araña que enseñó el tejido; o a la madre/abuela Epieyú de una ranchería en Manaure; o incluso (como en “La libertad es…”) a las más antigua de las madres, samai-piushi, (“las tinieblas de la noche”) tejedora también en el origen: Sólo ella estaba tranquila y desnuda, en la inmensidad de sus entrañas imperaba el silencio, una hebra de luz apareció desde ella y así nació el tiempo y la vida… (“Libertad es…) Como los diversos tonos del mar en su intercambio constante con las nubes y la espuma (tal como lo describe el poeta en “Mi abuelo Aipisü –corteza de trupillo”), Sentimientos tejidos desde la oscuridad del vientre de mi madre es un telar de múltiples colores en el que el lector habrá de diseñar sus propias migraciones y retornos. JUAN GUILLERMO SÁNCHEZ M. London, ON. Canadá Julio 14 de 2013

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