Herederos de esta pasión
Historia de los hinchas del Deportivo Pereira
| Autor: | Cardona Londoño, Alejandro |
| Colaboradores: | Ledesma Valencia, Jerson Andrés (Coordinador Editorial) Gaviria, Yeison (Adaptador) |
Yo sí decía que aquel llamado a la puerta a las 7 de la noche de aquel 12 de febrero no era para nada bueno. Ya había escuchado los rumores que esas recochas donde participaba Luis Carlos no eran nada amistosas, que los jugadores de Otún y Vidriocol terminaban a las trompadas y los hinchas se convertían en unos lobos feroces y se tiraban con lo que tuvieran, destornilladores, machetes y cuchillas de zapatería. El llamado era de un policía que llegaba a nuestro rancho por orden del capitán Gaviria que solicitaba con urgencia la presencia de Luis en la estación. Recuerdo que le dije que él era un Marulanda y que diera la cara, que el que nada debe nada teme.
Salió entre tranquilo y preocupado, sus pasos eran medio torpes. Creo que mi vecino chismoso tenía razón al decirme, luego de verlo partir con el policía, que el último de esos partidos medio absurdos, había terminado con varios heridos de gravedad y algunos detenidos en la estación, y por eso le iban a llamar la atención. Pero mi hijo regresó tranquilo, hasta con una sonrisa, realmente quienes lo veían jugar en los potreros describían a Luis como un corajudo defensor, no muy hábil con el balón pero que rechazaba a donde fuera y que voleaba quimba de lo lindo. Al otro día mientras tomábamos chocolate con arepa me contó que el capitán Guillermo Gaviria lo citó para verse las caras con Gabriel Cardona, el goleador Juan Posada, entre otros jugadores, que el uniformado ya había tomado una decisión salomónica para terminar con tantas peleas absurdas y debían aceptarla, que el fútbol era un deporte y para nada debía ser el reflejo de las violencias generadas por liberales y conservadores.
Finalmente, me contó con algo de nostalgia y un poco de ilusión, que Vidriocol y Otún desaparecerían, que el capitán les ordenó a Gabriel y a él como líderes de los equipos pelioneros escoger a los mejores jugadores de para crear un equipo de la ciudad que se llamaría Deportivo Pereira. Me dijo que les echó el cuento que ellos eran los mejores del pueblo y que muy pronto serían un equipo profesional que podría hacer historia y ser amado por muchos aficionados, y porque no recorrer el mundo jugando a la pelota.
Mi hijo se creyó el cuento y terminó siendo parte de los fundadores de ese equipo que con el paso del tiempo se vestiría de amarillo y rojo, los colores que representaban a los habitantes de la Villa de Cañarte. La historia comenzó con un partido amistoso ante Guadalajara de Buga el 12 de marzo de 1944, ese encuentro fue disputado en el estadio de Libaré, que luego se convertiría en el Fortín, y posteriormente en el Alberto Mora Mora. Aún no había fútbol profesional en Colombia, sin embargo, para motivar a los jugadores se disputó días después en condición de local un amistoso internacional ante el Sucre del Perú, los pereiranos ganaron y le quitaron un largo invicto al equipo inca. Esos parches de ir a fútbol fueron muy llamativos para la gente que hacía muchos esfuerzos para recorrer esas vías polvorientas en tiempos de verano o todas empantanadas en invierno para ver a esos jóvenes que ya se creían profesionales. Pero valía la pena apoyarlos en ese sueño de patear un balón y llevar los colores de la ciudad por todo Colombia.
La historia siguió siendo pintoresca, en 1945 estos berracos ya tenían algo de fama por el sonoro triunfo ante el equipo peruano y por la forma simpática como nació el equipo en medio de partidos que eran unas verdaderas batallas, producto de la pujanza de los pereiranos. Por esta razón fueron invitados a un torneo internacional y viajaron a Bogotá a un cuadrangular amistoso para enfrentar a Santa Fe, Millonarios y un tal Colo Colo de Chile. El propio capitán Gaviria acompañó a los jugadores, que más que deportistas de profesión, eran zapateros, recolectores de basura y hasta boxeadores de circo. Y para que, este pueblo se paralizó por esos días esperando los resultados de aquel torneo que era muy importante, ya que se rumoraba que en Colombia muy pronto el fútbol sería profesional. Los hinchas como unos loquitos estaban pendientes todo el tiempo de la radio, a través de la Voz de Colombia, donde exaltaban el juego del equipo que en ese torneo tenía uniforme rojo.
Y después de casi dos semanas, los que tenían radio regaron el cuento por todo el centro de la ciudad que el Deportivo Pereira dizque era el campeón, que en el último partido venció al tal Colo Colo 3 a 1. Oiga, la gente se salió como loca de los tres teatros del pueblo y se fue a celebrar, a beber aguardiente por cantidades y esperar a que los improvisados jugadores llegaran a compartir su alegría, su gloria. Quien lo creyera, el alcalde dio la orden que con ellos se inauguraría el alumbrado público que iba de la calle 19 a la Plaza de Bolívar. Y se hizo la luz, los montaron en el carro de bomberos y fueron recibidos como héroes bajo la luz artificial del novedoso alumbrado. Por supuesto, las nuevas figuras se bajaron a beber como caballos asoleados y terminaron borrachos con la nueva hinchada que se creaba en el pueblo, lleno de comercios y campesinos que vivían buenos momentos pro la producción de café.
Pero que va, la ilusión se apagó muy rápido, el equipo llegó al profesionalismo en 1949, y pasaban los años y no ganaba nada. Se mantuvo ese coraje de mi hijo, del goleador Posada, llegaron muchos paraguayos a hacer historia y echar raíces, y aunque se tuvieron jornadas maravillosas en el “Fortín de Libare”, nunca se consiguieron los títulos y la oportunidad de celebrar una estrella. A nosotros nos tocó atender el llamado de Dios, luego vino Luis Carlos a acompañarnos, y con el tiempo se instalaron aquí personas que llegaban de la capital de Risaralda y hasta de otras partes del mundo que nos dijeron que debieron partir sin ver a su equipo campeón. No pudo el “kínder” de López Fretes, ese equipazo de 1982 con la magia del “Flaco” Cierra, mejor dicho, una estrella en el escudo al parecer nunca se iba a bordar.
Hasta que aparecieron por estos lados un tal padre Valencia y una señora llamada Chila, muy colorida, por cierto, más hinchas que cualquiera. También algunos integrantes de la barra No. 1, fundada en 1974, la primera barra organizada que tuvo el equipo. Después de todo lo que sufrieron en la Tierra viendo al equipo hasta descender, y en algunos momentos casi desaparecer, a todos ellos, líderes por naturaleza, les dio por crear una tribuna celestial matecaña, para alentar desde esta parte del universo. A pesar de la desilusión fueron llegando más hinchas quienes aún conservan esta pasión, llegó don Marino Morales, el comentarista Pedro León Londoño, Carlos Eduardo Cardona, y algunos que aparecieron con rostros muy jóvenes, que habían perdido la vida en esos conflictos absurdos que deja el fútbol moderno.
Y en este palco celestial sí que hemos sufrido, pero el padrecito no deja de creer y hasta le reclamó fuertemente al Todopoderoso por no tener en cuenta a su equipo Matecaña para nada bueno. Chila es más tranquila, pero también se le ha ido uno que otro madrazo para el que está un poquito más arriba. Pero esas oraciones de Valencia de algo tuvieron que servir, mucho fervor el del viejo al que le deben gran parte de esa gran Villa Olímpica que siempre identificamos por ese maravilloso estadio que desde aquí se ve increíble, sobre todo cuando lo iluminan con fuegos artificiales y hace un tremendo eco el canto de los valientes lobos.
Yo por acá siempre disfruto de las nubes, del vuelo de las amarillas mariposas que parece que llegaron de Macondo, del silencio y de la profundidad que se refleja en mis ojos. Sin embargo, el 7 de diciembre de 2022 me dejé tentar de Luis Carlos, me dijo que me animará a ver la final del Pereira, que por fin iba a competir por una estrella. Que él estaba muy nervioso, que le parecía increíble regresar con sus pensamientos a aquella noche del 44 donde me confesó que si estaba medio asustado con el llamado del capitán Gaviria. Ya habían pasado más de 78 años, era la noche de velitas, donde la luz se hacía más fuerte, como cuando pasaron en el carro de bomberos en 1945 por la calle 19 y las bombillas los iluminaron como un reconocimiento al título ganado a Santa Fe, Millos y al Colo Colo.
Le hice caso, Luis amaba mucho al equipo que tuvo el honor de ayudar a fundar haciendo caso al capitán, finalmente es mi hijo, un Marulanda. Y allí me senté más nervioso que un putas, don Marino Morales tocaba el bombo con pasión, el capitán Gaviria se hacía junto a los exjugadores de Otún y Vidriocol que tantas canas le sacaron. Chila coordinaba la barra que saltaba y saltaba, recordando a Aníbal López y los saltarines de Oriental. Si en la Tierra se sufre, acá en esta otra dimensión sí que más, pero tuvimos fe, el padre nos dijo que había soñado que la estrella se estaba dibujando en el firmamento, que iba a ser sufrida como todo lo del Pereira, pero que ese señor Restrepo que dirigía a los matecañas estaba bendecido, que ese grupo de guerreros lo iba a dejar todo en la cancha para que ese escudo tuviera por fin esa estrella soñada por más de siete décadas.
Yo estuve por dejarlos ahí en la tribuna, ya no aguantaba, que cosa tan sufrida, y uno acá sin aguardiente no es lo mismo, me temblaba todo. Luego dijeron que penales, que ese tal Chipi estaba bendecido por doña Maye, que acá estaba acompañándonos, que esa negrita bonita lo había iluminado desde esta lejanía para ascender y que hoy no le iba a fallar. Ese Chipi parecía un gato, y verdad atajó dos. Y al final, un tal Líder o Leider, le pegó al último cobro como lo hacía el goleador Posada en 1944 y todos gritaron, ¡Campeón, Pereira campeón!
Ese padre gritó un poco de vulgaridades, estaba irreconocible. Chila se arrodilló y estuvo un poco más calmada, se veía muy agradecida la diminuta mujer de un corazón gigante. Doña Maye lloró por haber tenido que alejarse de su hijo, pero el destino la había traído por acá porque sabía que desde esta dimensión podía darle las fuerzas a su negrito para creer más en él y ser un héroe bajo los tres palos. Acá había mucha gente, los lobitos celestiales parecían gaticos saltando de un lado a otro, un muchacho Pocho era quien los lideraba, los invitaba a cantar a todos esos loquitos buena gente. Eso sí, desde acá se veía muy bueno ese estadio y toda la ciudad, como ha cambiado la Villa de Cañarte, se ve inmensa, de verdad si es la Capital del Eje.
Todo se percibía amarillo y rojo, esa pólvora no nos dejó dormir, y uno sin poder jartar amarillo con unos buenos tangos y bambucos. Así, todos trasnochados madrugamos a la misa del padre Valencia, que estaba apenado por tanta hijueputa vulgaridad, hasta los Lobo Sur de los cielos madrugaron, acá tampoco les venden todas esas hierbas y pepas que los ponen a volar en la Tierra. Después de esa estrella ahora sí que creen en que Dios es Matecaña.
Hemos disfrutado más bueno de la Copa Libertadores, de ver en las graderías del Hernán Ramírez a tantos niños sonreír y sentirse orgullosos de ser pereiranos. El arquitecto también anda por acá, orgulloso de lo que dejó y más enamorado que nunca de su equipo y de ver su estadio vestido de modernidad.
Desde esa estrella no falto a esta tribuna celestial, ya hasta salto como un Lobo, a veces toco el bombo, aunque el berraco aguardiente hace mucha falta, ya quisiera uno bajar a esa colorida Calle del Lobo y meterse una prenda bien buena en esas previas tan chimbas que hacen todos esos locos, liderados por ese tal Robin. Eso sí me estresa el padre que se enoja con el Todopoderoso, ahí no hace sino retacarlo para que nos ayude con otra estrella, que ya vamos para los 100 años y necesitamos una celebración a lo grande, con muchas estrellitas en ese hermoso escudo. Eso sí, me ha sorprendido que ha llegado mucha más gente a este palco, si era verdad que muchos no se iban a morir sin ver a su Pereira campeón, y después de ese título acá vinieron a dar llenos de tranquilidad y orgullo por haber alentado con pasión por tantos años y haber dejado un gran legado de entrega y pujanza. Todos los que están acá sienten que la mejor herencia que le dejaron a sus hijos y nietos fue el amor sincero por el Deportivo Pereira, el equipo se la ciudad, de la inigualable Perla del Otún. La tribuna la bautizamos 1944, a la final los Marulanda también hacemos parte de esta historia sufrida, algo estrellada, pero al fin y al cabo maravillosa.