Derecho privado: teoría y práctica
Homenaje a Felipe Navia Arroyo
| Colaboradores: | Navia Revollo, Juan Felipe (Editor Literario) Rojas Tamayo, Daniel (Editor Literario) |
El derecho civil, como enseña Heineccio de la mano del derecho romano, es
el que cada pueblo establece para sí mismo y es propio de cada ciudad1. En
este sentido, el objeto del derecho civil, ahora según Capitant, es el estudio
de las instituciones jurídicas destinadas a regir las relaciones jurídicas que
se forman entre los seres humanos –que son conciudadanos/pueblo– en
tanto personas de derecho privado2. De allí que en el siglo xix y de inmediato
dentro del paradigma estatal-legalista la disciplina del derecho civil
se refiera al conjunto de normas que regulan las relaciones jurídicas entre
las personas sobre la base del señorío de la voluntad. La centralidad de la
persona humana en la experiencia del derecho, y su capacidad jurídica,
están en la base del derecho civil, como expuso en su momento Savigny3.
El derecho civil, sin duda, se remite de inmediato a la histórica partición
de la materia jurídica en personae, res, actiones, la sistemática institucional,
y de allí su fortuna hasta la actualidad en la exposición del derecho civil4,
ordenando las realidades de la persona, de la familia, del patrimonio y
la sucesión del mismo, de la responsabilidad y los riesgos, de las obligaciones,
en fin, el derecho de la “ciudad” que consiste no sólo en aquello promulgado en la norma, sino también en su interpretación como saber
práctico, en la interpretación del jurista pero también del juez, árbitro o
magistrado. El paradigma del derecho civil es abierto, no se comprende
solo como experiencia estatal-legalista, como derecho promulgado en la ley
exclusivamente, se comunica y coordina con la noción misma de derecho en
general. Este escrito tiene la intención de proponer una reflexión alrededor
de la idea de derecho civil como experiencia histórica y de la centralidad
del jurista en esta misma experiencia. La reflexión, en esta ocasión, se fija
concretamente en una mirada fugaz a uno de los destellos del pensamiento
de uno de los juristas más importante de todos los tiempos, Bártolo, quien
equipara el derecho civil, al que llama “civilis sapientia”, con la metafísica
y la teología, elevándolo a lo más alto de las ramas del saber.
La trascendencia histórica de la figura y obra de Bártolo de Sassoferrato
(1314 -1357) es amplia e indiscutible por la calidad y eficacia de la reflexión
realizada en torno a numerosas e importantes cuestiones jurídicas aún de
actualidad, por la amplitud de sus puntos de vista y, al mismo tiempo, la
puntualidad de las soluciones expuestas, por la versatilidad de sus intereses
y la difusión universal de sus escritos. Bártolo es “emblema” del derecho
civil en su sentido histórico, por su prestancia y autoridad reconocida
(monarca iuris), y por su sentido en la tradición civilista y el rol del jurista.
Este aporte, que tengo el gusto de ofrecer para el homenaje al profesor
Felipe Navia Arroyo, eminente civilista del Externado de Colombia y
reconocido jurista colombiano, hace parte de una investigación mía más
amplia sobre historia del derecho (Roma: entre historia y derecho), todavía
en curso, y cuya primera parte fue publicada en México como Estudio y
enseñanza del derecho romano en el Medioevo de glosadores y comentaristas.
Aprovecho para expresar mi reconocimiento y gratitud al profesor Felipe
Navia Arroyo, así como mi reiterada gratitud para los editores de esta obra. Invitar a una lectura de la obra de Bártolo es probablemente una de
las tareas más difíciles que un estudioso de la historia del derecho puede
emprender hoy. De hecho, hoy sabemos mucho más de Bártolo que antes,
no hay duda, gracias a tantas páginas escritas al margen de los grandes y
gruesos volúmenes del auriga de Sassoferrato. Los estudios de las últimas
décadas ampliaron nuestro conocimiento en comparación con los estudios
que se publicaron a principios del siglo xx, a raíz de las páginas pioneras de
Friedrich Carl von Savigny. Sin embargo, a pesar del gran trabajo realizado, amplias zonas de penumbra aún cubren la obra de Bártolo por diversas
razones cuya explicación supera la pretensión de este escrito