Saber guardar un secreto. Estrategias discursivas, poéticas y voces del cuento
| Autor: | Bonilla Rojas, Betuel |
En el origen de este trabajo están quizás el desconcierto, el asombro, la eterna deuda con esa palabra tantas veces citada, en tantos lugares, de tantas maneras, con tantos tonos y giros: el cuento. Primero fue bajo la apariencia de algo dado de forma simple por la historia literaria, es decir, un algo con forma más o menos acabada, con fórmulas en teoría agotadas por los entonces considerados maestros —que eran casi todos los que se leían—, sin muchas preguntas por responder. En aquella época lejana, hablar de cuento era mencionar unos textos breves, con pocos personajes, en los cuales uno o varios de ellos, ubicados en algún lugar preciso o impreciso, se enfrentaban a situaciones extraordinarias que los empujaban a tomar decisiones que culminaban en una buena o mala fortuna. De vez en cuando se advertía en ellos alguna enseñanza y, casi siempre, los que más gustaban eran aquellos en los cuales el hecho insólito se presentaba bajo una escritura que obligaba a transportarse al interior de la fábula contada. Como una especie de vicio sano, un cuento empujó a otro, un autor a otro, y el camino se tornó tan amplio y difuso que esas certezas iniciales se fueron desmoronando como sucede con un castillo de naipes cuya base es tan endeble como la parte superior.
El tiempo había pasado y aquel asombro inicial fue entonces una especie de desasosiego e ímpetu para empezar a hilar muy fino, para intentar, entre este y aquel, buscar el territorio oculto que producía distintos tipos de asombro. Entonces, fueron las lecturas de otras pequeñas piezas, algunas muy esclarecedoras y otras igual de desconcertantes a las primeras. Si en el comienzo habían estado autores renombrados, en el segundo instante varios de ellos se repitieron y fueron apareciendo otros nombres. Así, a los primeros cuentos de Cortázar siguió la lectura de las ocurrencias que, por aquí y por allá, el maestro iba diciendo para justificar lo que poco antes había escrito. Igual ocurrió con Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa y otros. Pero, como continuamente hacían referencia a Anton Chéjov, a Raymond Carver, a William Faulkner, a Ernest Hemingway y a Isaac Babel, había que ir en su búsqueda para mirar qué tenían de importante para gustarles tanto a los maestros.